Carta del Editor
El Gordo y la Geografía Insular
Estimados lectores,
Permítannos comenzar esta edición con una reflexión sobre la geografía y la fortuna. Mientras la Península se sumía en el habitual frenesí del "Gordo", aquí, en las afortunadas (o quizás estratégicamente prudentes) Islas Afortunadas, hemos presenciado un fenómeno que ya es casi un clásico sociológico: la suerte modesta. Hemos vuelto a demostrar que nuestra relación con la prosperidad es, por definición, contenida. El tercer premio, un par de quintos, algún pellizco repartido con la precisión de un cirujano que no quiere dejar cicatriz... En total, casi cinco millones de euros que, si bien son bienvenidos, no alterarán el statu quo de manera dramática. El champán, como bien apuntan nuestros cronistas, sigue en la nevera, esperando quizás al Sorteo del Niño, ese evento donde la esperanza, ya templada por la experiencia, se permite un segundo y más realista asalto.
Es fascinante observar cómo la alegría se concentra en microclimas: en el Hospital Doctor Negrín, donde un número heredado reparte un quinto premio, demostrando que incluso la burocracia sanitaria puede generar un pequeño milagro; o en Mesa y López, donde cuatro trabajadoras de una firma de moda confirman que la elegancia no está reñida con la providencia. Pero, seamos sinceros, el verdadero titular no es la cantidad ganada, sino la confirmación de una ley no escrita: el gran golpe de suerte prefiere la latitud continental. ¿Será que el Gordo teme volar sobre el Atlántico, o simplemente que la divinidad del azar considera que los canarios ya tenemos suficiente premio con el clima?
Nosotros, en Canariorker, preferimos pensar que esta suerte contenida es una virtud. Nos permite celebrar con entusiasmo, pero sin perder la perspectiva ni la ironía. Al fin y al cabo, si el dinero no compra la felicidad, ¿por qué iba a comprar el billete premiado? Brindamos por esos cinco millones, que serán invertidos con la sensatez que caracteriza a quien sabe que, para el año que viene, el décimo volverá a ser, sobre todo, una excusa para la ilusión. Y eso, estimados amigos, no tiene precio.
Atentamente,
El Editor.